¿Cuándo pasamos de los picaditos callejeros a las batallas campales en los estadios y en las calles?
Cada que conversamos los amigos y compañeros de trabajo, sobre lo que ocurre hoy en los escenarios deportivos, no puedo evitar retrotraerme a mi infancia y a mi juventud, en ese tiempo las cosas eran distintas; todo se arriesgaba por un picadito en la calle. Sólo teníamos pelotas que pateabamos como si fueran los más finos balones profesionales, bastaban cuatro piedras para demarcar las porterias y todo nuestro entusiasmos desbordado. Quedaban en vilo las tareas, los mandados, las arregladas del cuarto, las insistentes llamadas a almorzar desde las ventanas, que recibian como respuesta coros espontaneos que gritaban “yaaa vooooyyyy” con un sonido largo que servía para todas las mamas, las hermanas mayores y las tías que insitían en el llamado. Nadie sabía quién respondia, todos respondiamos.
Desde entonces y hasta hoy en mi ejercicio profesional de maestro, como adulto, como padre sigo pensando y sobre todo sintiendo, no sin nostalgía, que el deporte no es sólo formación física y emocional, que no basta con decir que la práctica de algún deporte fortalece el espirítu y ayuda al estrés, a las relaciones con los otros, etc. Todo eso es verdad pero el deporte, su práctica y su disfrute es una forma de vida, es una manera de construir relaciones, de respetar, de valorar, de tolerar, de ser ciudadano.
En un desafío callejero o en una improvisada cancha nos comprometiamos a fondo todos, en ocasiones y con la fuerza que iba tomando el juego aparecían los empujones y las rabias, una que otra patada mal intencioanda, propia del acaloramiento, pero no recuerdo ninguna pelea más allá de lo mencionado con las sabidas palabrotas del momento que ayudaban a desacolarar los animos. Siempre alguno asumía el papel de conciliador, separaba los alterados, y los retaba a jugar, a no parar el partido, a gozar del espacio vital que nos proporcionaba seguir las reglas del juego, buscar el triunfo, reconocer al otro, defender espacios, poner todo para conseguir ganar.
Triunfo y derrota que se celebraba juntos, en la esquina, esparramados en la acera, recogiendo el sudor con las camisetas, viejas algunas, finas otras, con los escudos de los equipos admirados, no importaba; con la gaseosa compartida, con las risa y los comentarios de cada jugada, de cada incidente, de cada momento.
Nuestros padres decían que perdiamos el tiempo, que nos volveríamos unos vagos, nos decomisaban los balones, y claro uno que otro vidrio quebramos, y nos echaban la policia, de cuenta de los mejores partidos de mi vida, compartidos con amigos entrañables, conocí por dentro la patrulla, algunos paseos nos dieron.
Hoy como maestro y como padre puedo ver la gran diferencia entre un picadito en la cuadra, tres partidos y hasta cuatro en un día, con el embelezamiento que produce a un niño o a un adolescente estar por horas frente al computador jugando con la maquina o frente al televisor. La diferencia es enorme, no quiero referir que es mejor o peor, lo que quiero es un balance para saber como encontrar una justa medida, como combinar correr y reirse al aire libre y el apasionamiento y la adrenalina que hoy producen estos juegos.
Una buena parte de los padres no lleva a sus hijos al estadio, sienten temor, además no es un buen ejemplo. Cuando yo estaba pequeño fui de la mano de mi padre a ver al poderoso DIM, de él herede el carácter de sufrido que llevamos a cuesta los que seguimos esa casaca; luego con mis amigos tuve mis primeras salidas solo, a visitar el estadio tribuna de gorriones, con cada una se hizo más fuerte mi gusto y mi alegría por el futbol.
Yo aprendí, entre los picaditos y los desafios de mi cuadra con mis amigos y las idas al estadio, recuerdo la ansiedad de la llegada, la emoción en cada jugada, a admirar a los jugadores profesioanles, a querer emularlos. Aprendí a escuchar la radio y a seguir en las revistas en blanco y negro, compradas con los ahorros de la mesada e intercambaidas como pequeños tesoros, a valorar el esfuerzo y el tezón de los otros.
Me duele darme cuenta que todo eso se desdibujó, asistir al estadio es peligroso, y cada vez caben menos espectadores, porque tienen que ser ocupados, por la casi totalidad de la fuerza pública, para contener las barras bravas, las turbas humanas que entran armadas, que ponen su creativdad y su ingenio en armarse físicamente, porque sus espirítus ya están suficientemente cargados.
¿Esto es producto de qué?, no tengo respuestas, no desconozco el lugar de una sociedad acelerada en procesos de modernización que no se correspondió con procesos de formación política, léase del manejo de lo público, de la participación, el reconocimiento y la diferencia.
Esta es una invitación a mantener abierto este diálogo, a conversar sobre, esta situación. No es una remembranza del pasado, es más bien una propuesta desde nuestro colegio, que nos permita acentuar el goce por el deporte y la actividad física, que ayude a pacificar los espirítus, que evite que sigan aumentando la torpeza motriz, la obesidad, la pasividad, la falta de coordinación motora, la pereza que no solo se traslada a la actividad física sino también a la académica.
LUIS JAVIER HERNÁNDEZ MONTOYA COORDINADOR CONVIVENCIA